categoría: Una de 8257 cosas que no te importan

Autor: Niquelote |
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Un modelo para creer en
el éxito
Cuando se afirma que "una compañía visionaria nunca muere", se inicia con el
primer reto, al emitir una premisa que podría parecer exagerada y aventurada, pero sólo sería así
precisamente si al pensar en una empresa ésta no tiene como su principal objetivo ser visionaria,
para ser exitosa.
"Empresas que perduran", es una obra que pretende derribar, aún yendo en
contra de algunos principios básicos de administración, mitos sobre el éxito de una empresa o
compañía. Los autores, para llegar a esta conclusión realizaron un estudio exhaustivo de las
compañías visionarias más fuertes y poderosas de la actualidad, que han sobrevivido a los cambios de
entorno, mercado, crisis, decisiones mal tomadas, ideologías básicas no adecuadas, entre otros
factores.
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En días pasados tuve la oportunidad de
disfrutar, en compañía de mi esposa y mi adorable heredera Dani, de un fántastico, aunque corto, concierto acústico de la
excepcional agrupación Camila. Estos señores si que saben tocar y cantar en vivo. En un lugar no muy
adecuado para este tipo de show, ellos salieron y entregaron su alma cantando. Yo me quedé sin
aliento, realmente disfruté el show, y sin pensarlo iría a cualquiera de sus conciertos en cuanto
hubiera una posibilidad, sobre todo sino presentan no tan lejos. En el breve tiempo que pudimos
disfrutarlos, pudimos escuchar tan sólo 6 canciones, a saber:
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Eran
las 23:54 del martes aquél. Yo, ya reposando sobre mis aposentos, justo en medio de aquél bonito,
pero muy extraño, sueño de color marrón. Todo parecía ser de la manera en que siempre lo había sido,
hasta ese momento. Mi sueño color marrón se vió perturbado por ese peculiar y casi no audible
ruidito, tal cual bolsita de polvorones "El Panqué" siendo rasguñada y arañada por pequeñas y
afiladas garritas. Me levanto. Me aproximo al interruptor de la luz. Lo presiono de tal forma que
pasa de "off" a "on". La oscuridad deja de ser tal. Mi mirada, enfocada inmediatamente a la mesita
esa, la que sustituye al buró de mi alcoba, y que sobre su superficie ilustra la imagen esa que
muestra al Wero sus amigos de gusanito. Fue la primera vez que lo ví. Fue la primera vez que me
vió. Nunca olvidaré esa mirada. Penetrante, intrigante, acosante, intimidante, amenazante. Sus ojos,
de color negro oscuro, mas negro que la noche misma. Fue tan sólo un instante, menos de un segundo,
quizás, no lo recuerdo con exactitud. Era él, era Wilfrido. De pronto, wilfrido no estaba. Tal cual
gacela veloz corrió lo que tuvo que correr. Salto lo que tuvo que saltar. Y no lo veía ya más. Se
escondió. Quizás se sintió tan intimidado, tan acorralado, tan amenazado, como me sentí yo. A pesar
de que ya no lo veía, sabía que estaba ahí. Era tan pequeño, tan escurridizo,tan ágil. Fue cuando
entré en razón. En ese momento supe con exactitud lo que tenía que hacer. No quería, es cierto. No
tenía las agallas, es cierto. No tenía la valentía, es cierto. No tenía ni cara conmigo mismo al tan
sólo en pensar en lo que tenía que hacer. Pero lo tenía que hacer. Wilfrido y yo no teníamos cabida
en el mismo lugar. - Lo haré, Pensé firmemente. Asesinaré a Wilfrido. Dios mio, que estoy pensando,
me dije. Pero, la decisión estaba tomada ya. Fue entonces cuando caí en cuenta que no podía
aventurarme a tal aventura así como así. Necesitaba un plan. Fácil, saco la pistola guardada
celosamente debajo de un mosaico falso en el piso de una de las habitaciones de mi vivienda, y que
sea una muerte rápida. No, haría demasiado ruido, los vecinos podrían darse cuenta. Esa muerte,
tenía que ser cautelosa. Cada detalle tenía que cuidarse extremadamente. A pesar de que wilfrido
sufra. Así tenía que ser. Fue entonces cuando le puse una trampa para atraparlo, y esperé, y esperé.
La trampa era muy sencilla pero muy efectiva. De aquellas trampas que cuando caen, no puede huir,
quedan atrapados. Mis nervios, al tope. Mis movimientos, casi nulos. Era la expectación. ¿Podría
atraparlo?, ¿Podrá escapar vivo?, Si logro atraparlo, ¿Cómo lo mataré?. Esas són solo unas cuantas,
de una cantidad bastante grande de preguntas que pasaban por mi cabeza. Fue cuando nuevamente tuve
señal de Wilfrido. Estaba al borde de la locura. Quería escapar a como diera lugar. Y entonces,
pasó. Salió del escondite donde se encontraba, y corrio. Al toparse con la trampa, la saltó, la
quiso evitar a como diera lugar. Se jugó el todo por el nada. Casi lo logra, por un pelito. Pero lo
logré yo, lo atrape. Cuando por poco logra escapar de la trampa, tomé esa escoba, la que estaba
recargada en la pared a un costado mio. Entonces, sin compasión, le dí a Wilfrido un par de palazos.
Atontejado, se quedó ahí, inmóvil, estático, atrapado más que nunca, no podía salir de la trampa
aquella. Luego de unos instantes de total silencio, nuevamente sucedió. Me miró. Esta vez, su mirada
era suplicante, desesperante, llena de impotencia por doquier. La mirada entonces, se convitió en
imploro, en gritos. Gritaba y gritaba. Aún recuerdo sus gritos como si los estuviera escuchando en
este momento. No podía entender con exactitud que decían sus gritos. Hablaba en un idioma que yo no
conocía, un idioma que me era imposible comprender. Pero no hay que ser my listo para interpretar
que me gritaba, me suplicaba, me imploraba que lo dejará ir. Que lo dejara regresar a su hogar, con
los suyos. Que lo dejara vivir. Que no le quite aquello que era lo mas preciado para él, aquello que
no podía ser reempazado con nada, su vida. Por un momento estuve a punto de ceder. Y es que con esa
manera de implorar, hay que ser frio para hacer lo que pretendía hacer. Pero mi asesino interno se
apoderó definitivamente de mí. Levanté el palo de la escoba que tenía en las manos, y comencé a
agitarlo brusca y brutalmente sobre Wilfrido, mientras escuchaba más y más fuerte la manera en que
gritaba que no siguiera haciendolo. Pero seguí, y segui. Tremenda golpiza recibió Wilfrido. Los
gritos cada vez se dejaban escuchar con menor intensidad. Los incanzables intentos de Wilfrido por
salir de esa situación, cada vez eran más escasos. Seguí golpeandolo como podía. Mientras más
fuerte, mejor. No sé de donde saqué tal malicia, tal odio, tal agresividad, tal frialdad. Pero
finalente pasó. Wilfrido dejó de gritar. Dejó de forsejear. Su desesperación terminó. A partir de
ese momento, no se escuchó un sólo sonido más salir de las entrañas de Wilfrido. El corazón de
Wilfrido no volvió a latir nunca más. Wifrido estaba muerto, y yo lo había asesinado. Entonces tomé
una bolsa de plasticó, de esas color negro muy gruesas. Tomé otra y la metí sobre la primer bolsa,
para hacerla más resistente. Metí a Wilfrido sigilosamente. Lo saqué al patio. Me tenía que deshacer
del cuerpo a como diera lugar. Pero la noche estaba ya avanzada. Decidí dormirme, y pensar más
claramente al día siguiente cómo iba a salir del embrollo en el que me había metido. Finalmente, la
noché llegó a su fin, dandole paso al día. Fue entonces, al dspertarme, que no dudé en lo que tenía
que ser. Mi mente se había despejado, y ahora podía pensar con claridad. Y así lo hice. Agarré la
bolsa negra con Wilfrido, salí a la esquina de la calle, donde dejan las personas dejan sus bolsas
de basura para que pase el camión recolector y se las lleve. Y así sin más ni más, a plena luz del
día, y con personas pasando por ahí, aventé la bolsa con el cuerpo inherte de Wilfrido sobre los
montones de bolsas de basura que había ya depositadas en ese lugar.
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